La Lebrija más profunda del Bajo Guadalquivir

Las Marismas del Bajo Guadalquivir se rinden a los pies de este municipio sevillano, un paraje donde albergan monumentos de descendencia musulmana. Lebrija es tierra de gente honrada y humilde, pero ante todo es patria del fundador de la primera gramática española, Elio Antonio de Nebrija.

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El pueblo de Lebrija. Fotografía propia

 Con el sol a nuestras espaldas y con los pies envueltos en tierra limpia y fresca, nos sumergimos en un lugar pintoresco, lleno de tradición, sabiduría y honradez. Estamos ante un entorno privilegiado, observando a lo lejos los campos de cultivo y el olor a las flores de los invernaderos y un hombre con gorra, zapatos llenos de barro y con rasgos de jornalero, nos sorprende y nos dice: ¡vaya si huele a naturaleza por aquí, eh! Nos encontramos en Lebrija, tierra de vino, de algodón, de marisma y sobre todo lugar de gente humilde. Un pueblo anclado en el término del Bajo Guadalquivir, bajo el manto del paso del río que recorre Andalucía entera, el río Guadalquivir.
A caballo entre la provincia de Sevilla y la provincia de Cádiz, Lebrija es un pueblo sevillano orgulloso de su pertenencia a esta ciudad, reflejado en su réplica a la Giralda de Sevilla, la Giraldilla. Andar por sus calles resulta acogedor y el encanto de su gente envuelve en un paraíso que podemos disfrutar con todos los sentidos.
Vista desde fuera, Lebrija cuenta con 27.395 habitantes según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE) del 1 enero de 2013, por tanto, es considerada como ciudad.  Situada a 78 kilómetros de la capital andaluza, el pueblo se encuentra enclavado en las marismas del Guadalquivir, junto a otros municipios como Jerez de la Frontera, El Cuervo de Sevilla, Las Cabezas de San Juan o Trebujena.
Los lebrijanos pueden estar orgullosos de su tierra, amante del vino y de las cosechas como el algodón. A través de las marismas del Guadalquivir, Lebrija cuenta con un lugar destinado a la recaudación de agua para así poder abastecer a los distintos agricultores de la localidad para sus regadíos, este lugar es la Balsa de Melendo, inaugurada en 2003. En la Balsa entra a veces más o menos agua, proveniente de los embalses de regulación general del Guadalquivir, un total de 17 embalses que se llevan al río, los cuales llegan a través de los canales del Bajo Guadalquivir, especialmente el canal PK148. Dependiendo de la cantidad de demanda que haya de los agricultores, se ofrecerá más o menos agua a estos. Los trabajadores de la Balsa no han tenido muchos problemas, pero allá por el año 1992 hubo restricciones. En el 1993 la dotación fue escasa y en el 1994 se dispuso de 750 metros cúbicos/hectáreas en la Balsa de Melendo. Hay varias personas trabajando en la Balsa y las labores que tienen que desempeñar son las de estar pendientes a todo lo que se refiere a los automatismos de la misma, tanto el canal de entrega de enlaces que es donde termina el canal del Bajo Guadalquivir como estar pendientes al agua que entra en ella y a todo el sistema de control. La Balsa proporciona una calidad de riego de suministro de agua del 100%, puesto que hoy podemos decir que si un regante necesita agua para mañana podemos ofrecerle agua, pero antes por ejemplo sin la Balsa era imposible. También ofrece la facilidad de que el regante sabe que tiene el agua siempre disponible, en definitiva trae un gran ahorro de agua a la localidad. Pero la Balsa no solo es utilizada por los lebrijanos para este fin, sino que además podremos hacer senderismo por sus recorridos. Nos dirigimos andando hacia la Balsa de Melendo, situada a pocos kilómetros de la ciudad, para así poder contemplar las marismas de Lebrija a lo lejos o las increíbles vistas que nos deja a su paso. Durante su recorrido podemos encontrar diferentes especies de animales y aves, los cuales amenizan aún más nuestra caminata, el aire puro llena nuestros pulmones de tranquilidad.

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La Giraldilla. Fotografía propia

Las Marismas de Lebrija merecen especial atención, por ello no debemos irnos de esta ciudad sin antes echar un vistazo a la mecánica y al trabajo que se desempeña en estas tierras. En la marisma nos encontramos con la Cooperativa de las Marismas de Lebrija. Esta se fundó gracias a un grupo de amigos del municipio, a los que luego se fueron añadiendo amigos de Las Cabezas de San Juan y El Cuervo de Sevilla.  El algodón es uno de los pilares fundamentales de Lebrija porque es uno de los primordiales cultivos desde que se empezó a trabajar. Este era uno de los principales trabajos que daba más empleo en Lebrija en la antigüedad, pues empezaba la campaña en septiembre y generaba mucho empleo y estos cultivos sirvieron a los lebrijanos para ganar algo de dinero y así poder pasar el invierno. El algodón producido en Lebrija se reparte hacia Asia, Malasia, China y demás países del Este. Con este panorama, tocamos y palpamos el algodón y sentimos el tacto y el aroma a campo, aroma rural y acogedor.
El algodón en sí es un cultivo especial y con mucha mano de obra y produce alrededor de 300 jornales, y para este año se calcula que se obtendrá entre unos 53 y 54 millones de kilos, por tanto, puede que nuestra ropa esté hecha probablemente con algodón 100% de Lebrija, lo que resulta más acogedor aún.

Pueblo de arte y monumentos emblemáticos

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El Castillo. Fotografía propia

Dejamos atrás las afueras del pueblo hispalense y nos adentramos de lleno en sus rincones, en su gentío y en su armazón, penetramos en los monumentos más importantes de Lebrija. Sin duda alguna, es un auténtico lujo poder disfrutar de las vistas que ofrece el altar de la Parroquia de Santa María de la Oliva y sin dudarlo nos introducimos en este templo promovido por Alfonso X El Sabio y construido en 1564. La Iglesia, de rústica arquitectura, cuenta con un retablo de Alonso Cano; su virgen, la Virgen de la Oliva, está realizada en madera policromada y es comparable con obras de nivel nacional. También posee un crucificado, el cual es el más grande de la provincia de Sevilla, pues mide nada más y nada menos que 4 metros y 15 centímetros. Sin duda alguna es lo primero que llama la atención nada más entrar a la parroquia. Sobre el altar mayor de esta, subimos y nos encontramos con unas afortunadas vistas, pues junto a esta se encuentra la Giraldilla, hija de la Giralda de Sevilla, ya que su arquitecto fue el que hizo la fábrica de tabacos y se inspiró en la Giralda. Desde la torre, podemos observar los cultivos a lo lejos, donde se produce el algodón que palpamos anteriormente.  Esta emblemática torre recuerda a las calles de Sevilla, nos envuelve en una magia inigualable y produce serenidad y tranquilidad. Fue levantada entre 1756 y 1778 y a causa del famoso terremoto de Lisboa en el año 1755, el campanario de Lebrija se destruyó y en lugar de un campanario se construyó una torre para el reloj.
Paseando por las calles de los alrededores de la Giraldilla, nos encontramos con una que llama especialmente la atención, una calle decorada con macetas marrones, con grandes flores rojas colgadas en sus paredes y con unos grandes arcos que atraviesan la calle de derecha a izquierda. Nos encontramos ante la conocida “calle de las Monjas”. Este nombre tan particular se debe a las monjas que trabajaron para la Iglesia del Convento de las monjas concepcionistas, situada justo a su derecha. Este convento fue fundado en el siglo XVI y en ella podemos apreciar las figuras de San Pedro y San Pablo. Existe una leyenda urbana acerca de esta famosa calle, y es que se dice que si a las 12 de la noche de cada día nos encontramos en la “calle de las Monjas” y miramos hacia una ventana determinada de la calle, aparecerá el espíritu de una de las monjas concepcionistas. Estupefactos nos quedamos ante tal historia, pues llama la atención que aún haya tradiciones tan antiguas actualmente y que aún haya leyendas urbanas que contar, es la esencia de cada pueblo, lo que lo hace único.
Bajamos por la cuesta de la “calle de las Monjas” y vemos de frente un gran lugar amplio y con grandes árboles y bancos situados a su alrededor. A nuestra izquierda, vemos el Ayuntamiento de Lebrija y justo enfrente nos encontramos con la Plaza de España. El lugar donde los lebrijanos se reúnen cada verano al atardecer para poder disfrutar de un rato con los amigos, el sitio donde se juntan los ancianos para realizar sus paseos diarios de una punta a otra de la plaza y por supuesto el sitio donde se apreció la única y gran nevada que hubo en Lebrija allá por el año 1955. Un auténtico privilegio sintieron los lebrijanos de aquella época al poder apreciar este fenómeno meteorológico, ocurrido solo aquella vez en la localidad sevillana.
Atravesamos la plaza de España y nos recorremos la “cuesta Cataño” para poder ver de frente el Asilo de San Andrés, un lugar acogedor para los ancianos de la localidad en pleno corazón de Lebrija. El Asilo lleva en el municipio desde 1913, desde que Andrés Sánchez de Alba, su fundador, lo inaugurara un 23 de febrero. Desde entonces, en él trabajan más de 25 trabajadores, los cuales ponen todo su empeño día a día para que a los 48 ancianos que en él residen no les falte de nada, y estos engrandecen aún más su labor en un edificio que cuenta ya con más de cien años de antigüedad.
Dejamos atrás el Asilo de San Andrés y nos dirigimos de nuevo por las emblemáticas calles de la Giraldilla, esta vez para dirigirnos al altar más sobrecogedor de Lebrija, las ruinas del Castillo. Desde sus vistas, apreciamos Lebrija en su totalidad, sus campos, sus cultivos, sus calles, sus avenidas, sus glorietas y a lo lejos, también podemos observar pueblos cercanos como Trebujena o El Cuervo de Sevilla.

Estas ruinas son restos de una muralla de origen mudéjar que se había construido con el objetivo de defender el Castillo, que se situaba donde hoy en día se encuentra la ermita del Castillo, y en ella, la patrona de la localidad, la Virgen de Santa María del Castillo, la cual fue coronada en 2012. Su construcción se llevó a cabo allá por el siglo XIV sobre una antigua mezquita islámica que existía en el interior del propio recinto y posteriormente fue restaurada en los siglos XVI y XVIII.  Está catalogada como bien de interés cultural y como monumento, como así consta en La Gaceta de Madrid de 1931.
Pero Lebrija no es solo monumentos, su cultura se fundamenta también en el vino y la manzanilla, ambos elaborados en la localidad. Si entramos en las bodegas antiguas del municipio, podemos oler tradición, antigüedad y exquisitez en estado puro. El olor a madera vieja y las manos laboriosas de los trabajadores que elaboran el vino, dejan entrever la esencia del municipio, dejan entrever la verdadera riqueza del pueblo. El vino de Lebrija se elabora en las bodegas de la localidad, acogidas a su Denominación de origen. De estas bodegas también se extraen los mostos lebrijanos, famosos por consumirse en las tascas del municipio.
Este vino y este mosto se venden en un lugar emblemático de Lebrija, en un sitio destacado que no debemos olvidar, el Mercado de abastos, lugar atractivo que se ha utilizado siempre para vender los productos más frescos y naturales de la tierra. La familiaridad de sus vendedores hace que nos sintamos cómodos y como en casa. El ambiente que respiramos aquí es de lo más sencillo y humilde. Los ventanales y vidrieras por donde pasan los rayos del sol enfocan la esencia del mercado, su humildad. El Mercado de abastos es un comercio llevado a cabo por la tradición de familias lebrijanas, algunos desde que eran pequeños, otros desde hace más de treinta años. Sin embargo, desgraciadamente la crisis económica ha acechado a mercados de esta índole y ha hecho que las ventas hayan disminuido en torno a un 90%.  Para paliar los efectos de la crisis, los comerciantes están intentando facilitar las compras de los clientes a través de la obtención de tickets o el poder llevar la compra a los domicilios de los consumidores.  Por ello, y para no perder la tradición de este pueblo, decidimos comprar mosto y varias verduras de las huertas de los lebrijanos, para así saborear la esencia de Lebrija, no sin antes olvidarnos de comprar las famosas aceitunas del municipio.

Tras salir contentos con nuestra compra del Mercado de abastos, subimos una cuesta situada junto al mismo, nos dejamos llevar por las calles de la ciudad y el ambiente que hay a cierta hora del mediodía por Lebrija. Al llegar a la cima de la avenida, nos encontramos con el taller de alfarería de Juan Sebastián López, alfarero de oficio que ha seguido con el legado de su familia esta tradición. El trabajo de la alfarería es un oficio casi en extinción que se ha visto acechado por la intrusión de las nuevas tecnologías. Es un trabajo que siempre ha sido de pueblo, humilde y ante todo elaborado con paciencia, dedicación y pasión, de generación en generación. A lo lejos, y tras los agujeros de los botijos, cántaros y tejas podemos apreciar las vistas que nos ofrece la Giraldilla, quien observa cada día cómo Juan elabora cada una de sus piezas con dedicación y elegancia, algo con lo que nos quedamos sorprendidos. Con estos pequeños reductos, como el de Lebrija, hacen que el corazón de la alfarería no deje de latir.
Un trabajo singular y similar al de Juan Sebastián es el oficio de la forja, la artesanía del hierro, técnica encargada de recuperar modelos de herraje que utilizaban nuestros antepasados. Nos quedamos anonadados ante la agilidad que posee esta vez Juan José Gómez, al elaborar piezas como balcones, barandas, cabeceros y farolas entre otras. Al taller de Juan José han acudido numerosos medios de comunicación para conocer de primera mano cuáles son sus técnicas de trabajo y cómo elabora sus piezas. Únicas e irrepetibles. Sin duda, Lebrija tiene mucho que ofrecer.

La esencia de las fiestas y sus artistas como motor del pueblo

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Fotografía propia

No obstante, el arte de Lebrija no solo se refleja en la alfarería y la forja, el arte de este municipio se lleva en sus fiestas populares, tales como la Semana Santa. Una de las fiestas más multitudinarias en la que participa todo el pueblo. En Lebrija la sangre de la Semana Santa se lleva en las venas, devotos desde pequeños de esta fiesta popular y en donde agrupa a todos los lebrijanos para conmemorar así la pasión y muerte de Jesús. Algunas de las hermandades más significativas son las de la Hermandad de la Humildad, la Hermandad de los Dolores y la Hermandad de la Vera Cruz entre otras. Pero sin duda alguna, la única que llega hondo al corazón de los lebrijanos es la Hermandad de la Virgen del Castillo, patrona de la localidad. En esta hermandad, son todos “como una piña” y siempre tienen el mismo objetivo, velar por el bien de la misma. Cada Jueves santo, miles de lebrijanos se concentran en las ruinas del Castillo para poder ver a su virgen salir de la iglesia, desde la que se contempla Lebrija entera. Trajes de chaqueta y vestidos arreglados no faltan ese día en los armarios de los lebrijanos, los cuales esperan este día con ansias durante todo el año.
Dejando atrás el mes de la Semana Santa y adentrándonos en mayo, otra fiesta popular atractiva en la localidad y que sin duda alguna la hace más única aún son las “Cruces de Mayo”, celebradas en los primeros fines de semana de este mes en la localidad. En estas fechas sacamos nuestros mantones de flecos de colores, nuestras peinetas y nuestras flores para pasear con panderetas por las calles de la localidad cantando las famosas “corraleras”. Esta fiesta, también es conocida como “la fiesta de las mujeres”, pues es llevada a cabo por las lebrijanas prácticamente. Esta fiesta muestra la alegría y la simpatía de las mujeres del pueblo, que siguen la tradición con entusiasmo. Las “corraleras” de Lebrija son famosas por su cante particular, sin estas no cantaríamos las sevillanas más rápidas.
Tras el mes de las corraleras, decidimos quedarnos en Lebrija en junio, para así conocer la fiesta de “Los juas”, el día de San Juan, donde se forma cada año una pequeña hoguera en cada vecindario para quemar muñecos de trapo que los mismos vecinos forman con las prendas que no usan. Cuando queman estos muñecos, cada lebrijano pide un deseo y los más atrevidos saltan la hoguera para así ahuyentar los malos augurios. Dejando atrás el mes de junio, en julio, la magia del cante gitano envuelve a la localidad con la “Caracolá Lebrijana”, este año la XLIX edición logró que los lebrijanos sintieran una vez más el arte del flamenco con artistas como Vicente Peña, José Bacán o Inés Bacán entre otros. Inés es la que lleva más tiempo sobre los escenarios y se siente a gusto siendo una de las artistas más conocidas en el ámbito del flamenco, incluso es más conocida en Francia que en España, pues lleva yendo a la capital francesa y a los alrededores desde hace más de 25 años. La cantaora explica que es difícil mantenerse en este mundo, porque este oficio es muy eventual, ya que en un mes se puede tener muchos eventos y en otros no. Cree que ahora es mucho más difícil ser cantaor, pues la gente que no tiene representantes lo tiene mucho más complicado. Sin duda alguna,  mantenerse en los tablaos de flamenco no es tarea fácil e Inés lo sabe muy bien, pero ella sigue disfrutando de este cante, tan importante y esencial para Lebrija y su gente.

En los meses de septiembre, una fiesta que sin duda no debemos dejar escapar es la Feria y Fiestas Patronales de la localidad, celebrada en la segunda semana de este mes, en donde sacamos nuestros trajes de flamenca más llamativos y significativos, con colores alegres para mostrar el júbilo de la Feria en este mes de verano. El olor a caballo, a albero y la alegría por cantar y bailar sevillanas nos envuelven en momentos únicos y sentimos lo mismo que todos los lebrijanos esperan con ansias cada año.
Tras el mes de septiembre y como no podía ser de otro modo, terminamos nuestro recorrido de las fiestas de Lebrija con el último día del año, el 31 de diciembre, un tanto particular para los lebrijanos, pues estos no se visten de gala ni con sus mejores prendas. En este día, la gente de Lebrija se disfraza. Eligen el disfraz que más les guste y van a la plaza del pueblo a celebrar el año nuevo. Esto es debido a que en Lebrija no se celebran carnavales como en otras localidades y por ello, eligieron este día, un día único para despedir el año de la forma más divertida. Sin duda alguna, los lebrijanos saben cómo empezar el año con buen pie, con alegría y júbilo.
Como hemos visto, Lebrija es conocida por sus fiestas, por su arte y por sus monumentos, pero aún nos queda lo más importante, la esencia del pueblo, su gente. El armazón sobre el que se sustenta cada municipio y lo que lo hace único. Lebrija puede llamarse dichosa de poder tener a grandes artistas de gran talla como hemos visto con Inés Bacán. Lebrija posee grandes cantaores como Juan Peña “El Lebrijano” o Curro Malena, escritores como Ricardo Rodríguez Cosano, autores teatrales como Juan Bernabé, futbolistas como Juan Cala, entrenadores de fútbol como Juan Ramón López Caro, directores de cine como Benito Zambrano y modelos como Noelia López. Aunque hay uno que destaca por encima de todos y resulta ser el más significativo, Elio Antonio de Nebrija. Humanista español que fue pionero en la redacción de la primera gramática española. Lebrija es sin duda cuna de grandes artistas.
Lebrija es tierra de humildad, tierra de sentimiento por el orgullo de ser lebrijano, tierra de artistas, lugar de nacimiento del andaluz, sin ella no hablaríamos este dialecto como lo hablamos hoy en día. Terminamos nuestro recorrido viendo a una Lebrija llena de pasión y llena de gentileza, como si de nuestra familia se tratase. Sus gentes y su entorno la hacen especial. El sol la ilumina y se aprecia las marismas al fondo, se contempla en ella la desnudez de un pueblo que ha sabido mantenerse en sus tradiciones, un municipio que aún conserva las huellas del pasado y que despierta todos los sentidos de cualquier viajero que la visite.

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