Pompeya, vida entre ruinas

El barco atracó aquella mañana de martes a eso de las 9 de la mañana. Una suave brisa corría mientras elegía qué llevarme a la boca para desayunar entre el enorme manjar que me esperaba cada mañana en el buffet del comedor. Las aguas estaban tranquilas y el cielo anunciaba que sería un día soleado.

Al terminar mi desayuno, mis compañeros y yo salimos del barco junto con los demás interesados en conocer aquella ciudad, no una urbe cualquiera, sino una ciudad en ruinas, Pompeya. No solo nos adentraríamos aquella mañana en conocerla, en palpar sus calles y sus monumentos, sino también en conocer su historia, aquella por la que hace que miles de curiosos se acerquen cada día a sus ruinas.

Nuestra guía turística hablaba a la perfección español por lo que el recorrido se hizo aún más ameno, ya que entendíamos todo lo que se nos explicaba y a medida que iba contándonos la historia se acumulaban más y más preguntas en mi cabeza sobre aquella ciudad. Me llamó especialmente la atención el hecho de que aquella ciudad fuera tan grande como 60 campos de fútbol, sus dimensiones borraron inmediatamente la imagen de ciudad pequeña que tenía en mi cabeza antes de visitar aquel lugar.

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Paso de peatones de Pompeya. Fotografía propia

Todo lo que nos rodeaba era verde, las columnas de la ciudad estaban intactas, como si por aquel lugar no hubiese pasado un volcán y arrasara con todo lo que tuviese por delante. Su suelo me impactó, ya que aún conservaba las huellas que iban dejando a su paso los carruajes que utilizaban los habitantes de la ciudad, y sobre todo me llamó aún más la atención los pasos de peatones que tenían. Eran tres piedras más altas que el resto expuestas a lo ancho de la calle para así hacer también que el agua fluyese entre sus huecos.

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Patio de una casa de Pompeya. Fotografía propia

Algunos edificios aún tenían pinturas y ya desde los años de Pompeya empezaba a florecer el famoso patio andaluz que tenemos hoy en día. Los pompeyanos dejaban al descubierto su patio (al que le daba la luz a través de un hueco por el que pasaban los rayos del sol) y en él exponían a todos los curiosos que pasaban por allí todas las cosas de valor que tenían o incluso las batallas que habían ganado y los sirvientes que tenían.

Otra de las costumbres que hemos heredado de ellos es la de conservar la comida y el hecho de poder ofrecerla en puestos de “comida rápida”, donde depositaban también las bebidas (sobre todo alcohólicas, pues añadían fruta a estas para poder emborracharse antes). Algo que nos hizo reír a todos, pero que en el fondo seguimos haciendo lo mismo con nuestra famosa sangría.

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Así quedaron sus habitantes tras ser arrasados por el volcán. Fotografía propia

Pero sin duda alguna lo que más nos llamó la atención, aparte de los grandes anfiteatros y las enormes plazas era el estado en el que se conservaba todo aquello. Pensar cómo un volcán arrasó con la vida de todos su habitantes (los cuales han quedado como figuras petrificadas en la misma postura en que murieron debido a la inhalación del gas del volcán) y el estado en el que se encuentra actualmente después de haber pasado varios siglos. Lo único que se me vino a la mente con esto fue, ¿si no hubiese estallado el volcán, hoy en día conoceríamos tanto de aquella civilización como lo conocemos ahora?

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