Este es el único motivo que te hace ver lo maravilloso de viajar solo

Perderse para encontrarse. Así resumiría yo el hecho de viajar solo. Sin compañía, sin amigos ni familiares, tú solo. Tú eres el que decides dónde quieres ir, cuándo, cómo y sobre todo, por qué. 

Seguramente pienses que los que viajan solos están locos. Pero bendita locura. Lo que muchos no saben es que estos valientes son los únicos capaces de enfrentarse a lo nuevo, a lo desconocido, a salir fuera de la zona de confort, del círculo que les rodea, y sobre todo son aquellos que les va la adrenalina experimentando sensaciones nuevas.

Es probable que también también hayas oído a tus conocidos decir que muchos han pisado miles de desiertos, que han descubierto nuevos monumentos, estrepitosos rincones o fantásticos rascacielos. Pero hay una cosa que estos que han viajado en compañía aun no han descubierto: el poder de conocerse a sí mismo mediante el viaje en solitario. 

He de decir que la primera vez que viajé sola lo hice porque un viejo amigo me hizo abrir los ojos durante una charla de día gris y lluvioso en casa en el que yo me refunfuñaba porque nadie de mis amigos podía acompañarme a hacer un viaje que quería realizar con ansias. Sosteniendo una taza de té con leche en su mano, con aires de sabiduría y sentado en la suelo frente al calefactor, me miró firmemente y con mirada convencida me dijo: ¿Y por qué no viajas tú sola? Yo, con la voz entrecortada y con rostro perdido le dije, ¡anda ya!, ¿yo sola? Qué triste sería ¿no?

Él me contestó: ¿quién te dice a ti que no puedas hacerlo? La sociedad nos tiene impuesto que debemos ir siempre viajando acompañados, de la mano de tu pareja, de los locos de tus amigos o de tu familia. Pero nunca nos paramos a preguntar, ¿y por qué no yo solo?

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Mi primer viaje en solitario lo hice en York (Reino Unido).

En ese mismo instante, petrificada, comencé a mirar esta manera de pensar de otra forma. Me dije a mi misma, que nunca debería esperar a nadie si de verdad quería hacer algo y que al fin y al cabo, somos nosotros mismos los que debemos aprovechar, de lo contrario, siempre nos quedaremos con las ganas. Nos pasamos la vida esperando y así la vida se nos va.

Y así fue, cogí la mochila y me fui con la mejor de mis sonrisas a emprender un viaje por mi cuenta. Me sentí muy libre. Fotografiaba aquello que me encantaba. Me detenía el tiempo que quería. Me sentaba sentaba las veces que necesitaba. Cuando viajas solo no solo observas lo que hay a tu alrededor, también te observas a ti mismo.

Seguramente, si tuviera que convencer a alguien de que viajar solo es algo incomparable con cualquier otra cosa del mundo, probablemente no pararía nunca. Pero como esto es algo que depende de lo que viva cada persona, yo ya me limité a exponer algunas de las mías en entradas anteriores.

Son infinitos los motivos por los que al menos una vez en la vida debemos viajar solos. No hay mejor forma de conocerse a uno mismo que atreviéndose a pisar sitios nuevos y lugares remotos. El ser humano está hecho para vivir y la mejor forma de hacerlo es arriesgándonos a descubrir lo desconocido. 

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