Hamburgo y Berlín en 2 días

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Creo que ese cosquilleo que tienes en el avión nada más montarte es una de las mejores sensaciones del mundo.

Fue uno de esos días en los que no sabes cómo matar el tiempo y lo único que tienes enfrente es una pantalla de ordenador. Así que ni lo pensé dos veces y me sumergí en Internet para buscar el vuelo más barato, a cualquier sitio, me daba igual. Iría donde me llevara el viento (en este caso la aerolínea con los precios más bajos), no me importaba el destino, solo quería viajar por unos días. Y así fue como encontré un vuelo por 70€ ida y vuelta a Hamburgo, toda una ganga.

En seguida planifiqué mi viaje, ya lo tenía decidido: primera parada Hamburgo y segunda (visita obligada), Berlín. No podía irme de Alemania sin visitar su capital. Le dije a una amiga que si le apetecía acompañarme y removimos cielo y tierra para que cuadraran los horarios de su trabajo con el mío. Y al fin tuvimos nuevo destino para viajar.

Con ansias llegamos al aeropuerto, sin tener idea de alemán, lo único que sabíamos decir era “Hallo”. Pero suerte que el inglés nos salvó la vida. He de decir, que el aeropuerto de Hamburgo, aparte de ser toda una preciosidad, es de muy fácil acceso y tiene muy buenas indicaciones. Así que nada más tocar tierras alemanas, pusimos rumbo a coger el tren que nos llevaría al centro de la ciudad.

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Les pregunté a varias personas que cómo se llegaba al centro y qué línea deberíamos coger. Por sorpresa, todas y cada una de ellas hablaba un inglés perfecto y se les entendía perfectamente. Me llevé muy buena impresión, ya que a mi parecer, los alemanes nos llevan años de ventaja en cuanto al tema de los idiomas, pero bueno eso ya es otro tema.

Cuando por fin llegamos a nuestro destino, aquel albergue bizarro que encontré por Internet y que tanto me llamó la atención (sobre todo por mostrar un ambiente paradisiaco y playero en pleno centro de Hamburgo). No recuerdo el nombre, pero sí sé que tenía arena en su jardín, una caravana al estilo surfero y todas las habitaciones tenían una temática distinta, lo que le hacía especial. Era un auténtico backpacker hostel. Y el chico que nos atendió un auténtico amor.

Cuando dejamos todas nuestras maletas nos fuimos a pasear por las calles de la ciudad y a capturar con mi Nikon todos los sitios intrépidos y fortuitos que me encontraba a mi paso. Me encanta fotografiar objetos y cosas insignificantes, que no están a la vista de cualquiera, solo de aquellos curiosos que nos encanta meternos donde no nos llaman.

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A medida que avanzabamos íbamos llegando al famoso puerto de Hamburgo, considerado como el más grande de Alemania y uno de los mayores del mundo. Simplemente alucinante.

Más tarde, pudimos adentrarnos más en la ciudad para ver la plaza del Ayuntamiento, el lago Alster, Mahnmal St- Nikolai (Iglesia de San Nicolás), perdernos por Warehouse District, ver Elbphilarmonie y mucho más. Y ya fue cuando volvimos para recargar pilas, porque al día siguiente poníamos rumbo a Berlín.

Tomamos un FlixBus, el cual nos costó 30€ ida y vuelta y tardamos en llegar 1h y media o así. Nada mal para ser la capital de Alemania. Además nos ofrecieron dentro del mismo una botella de agua y un snack.

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Ya con los pies en Berlín no podía irme sin probar los famosas Bretzel, un panecillo típico alemán, que a pesar de ser muy simple (harina y sal, básicamente) tiene muy buen sabor, y además es muy barato, sobre todo si lo compras en el típico puesto callejero. Si lo adquieres en una cafetería es más caro. Este me costó 1€.

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De Berlín no nos podíamos ir sin visitar la Puerta de Brandenburgo, el Muro de Berlín, Berliner Dom, Cúpula de cristal de Reichstag, Alexanderplatz y el Monumento al holocausto judío entre otros. He de decir que este último me llamó bastante la atención, ya que te hace pensar en todas las barbaries que ha sufrido el pueblo judío. “Sus 2711 estelas están diseñadas para producir una atmósfera incómoda y confusa, y todo el monumento busca representar un sistema supuestamente ordenado que ha perdido contacto con la razón humana”, según se plasma en el proyecto de su arquitecto, Peter Einsenman. No me extraña que a veces sea el lugar idóneo de algunos para poder encontrarse a uno mismo.

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Para terminar el día, fuimos a comernos una Currywurst como era de esperar, con una auténtica cerveza alemana, Erdinger. Así que ahora empiezo a entender por qué los alemanes tienen tanto aguante con la bebida. El plato es de lo más simple, pero nos sació el hambre y estaba muy bueno.

En definitiva, el nuestro fue un viaje exprés pero que sin duda volvería a repetir, ya que nos quedaron muchos rincones que ver y ni que decir tiene que tendré que terminar de recorrerme Alemania algún día. Totalmente recomendable y un viaje de ensueño.

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